miércoles, 14 de julio de 2010

El Ying Yang

En qué se diferencia una santurrona de una puta. Pues en nada. La santurrona se vuelve puta cuando se da cuenta que fueron más vivos que ella, Y la puta se vuelve santurrona cuando se da cuenta que se le fue el amor por ser puta.
Siempre tuve clara la idea de que conmigo no iban los “Choques y Fugas”. Siempre supe que quería una relación seria, y no ser parte del juguete. No quiero decir que soy una santurrona pero todo parecía indicar que sí.
Mi titulo de santurrona lo he hecho durar hasta hoy. 22 años con ese cargo pareciera que pesara y me tiemblan las piernas como el de las columnas de un edificio que parece caer.
Me proclamé santurrona desde el día que nací, y a mi madre se le ocurrió ponerme como segundo nombre Milagros.
Me proclamé santurrona cuando levantaba el dedo índice para señalar a mi hermana que había sido puesta al descubierto con alguno de sus fugitivos enamorados.
Me proclame santurrona cada vez que aconsejaba a mis amigas o mejor dicho cada vez que regañaba a mis amigas por ir al parque con sus desdichados actuales enamorados.
Me proclamé santurrona cuando mi tía me halagaba por evitar usar faldas, minis, tener el cabello amarrado y repudiar a los enamorados.
Me proclamé santurrona cuando exigía al chico me gustaba arrodillarse para pedirme de manera formal que sea su enamorada. Nunca lo conseguí.
Me proclamé santurrona tantas veces que el aura que estaba sobre mi cabeza ha borrado muchos de mis recuerdos.
22 años después de ser santurrona me declaro principiante de pendejas.
Principiante de pendejas porque ser santurrona solo me ha servido para tener un cartel gigante en mi pecho que decía “Soy la enamorada engañada” o quizá “La otra” . Eso aún no lo sé.
Hoy me declaro pendeja porque no acepto relaciones formales.
Me declaro pendeja porque seré ahora yo quien diga “te quiero, pero nada serio”
Me declaro pendeja porque no quiero llorar más y porque seré yo quien reciba las llamadas y ya no gaste más.
Me declaro pendeja para ya no escribir tantas notas de mis deprimentes casos de amor, y sentir que nadie se identifica con ello.
Me declaro pendeja hasta que alguien venga a cambiarme la idea otra vez.

domingo, 4 de julio de 2010

Cuando todo era común


En un acto de desesperación y a punto de perder la respiración, era común verla buscar un teléfono en plena soledad de la calle, en una noche lluviosa. Era muy común en ella bajar corriendo de los buses al distinguir al ser querido entre la multitud de la gente. Era común en ella, llamarlo para animarle el día, buscarlo cuando lo sentía caer. Era común en ella contar los segundos para salir del ensayo a fin de llegar al paradero a la hora pactada. Era común en ella rechazar las fiestas con los amigos para pasar cinco minutos con él.
Era común en él timbrarla cada dos minutos del día. Era común en él contarle grandes historias mientras caminaban juntos en dirección a sus casas. Era común en él robarle un beso cada vez que ella distraía la mirada. Era común en él abrazarla cuando sentía frío, pero sobre todo cuando no soportaba el peso de las lágrimas en sus ojos. Era común en él llevarle caramelos cada vez que la vería. Era común en él soñar con ella en las noches y buscarla al amanecer. Era común en él decirle lo hermosa que era ella, su doncella. Era común en él besarla delicadamente como quien coge a una rosa. Era común en él decirle “preciosa”siempre.

Pero entonces vino la distancia, y fue común verlos separados. Las cortas caminatas se hacían interminables, las historias se escapaban de la mente, las timbradas se minimizaron, los mil “te quiero” restaron a unos cuantos, las ganas de verse se fue desmenuzando hasta llegar al día en que decidieron dejarlo todo ahí. Allí, en medio de la nada. Fue común entonces estar solos otra vez.